Sobre las clases

Sobre las clases

 

Más allá de las posturas

 

La práctica de Yoga se caracteriza por la especial integración del movimiento, la respiración y la atención. A su vez, cómo movemos el cuerpo, cómo respiramos y hacia dónde se dirige nuestra atención son condiciones que se disponen de manera particular, imprimiendo una dirección específica a la práctica, hacia el estado meditativo en movimiento.

Aunque lo más llamativo del Yoga es el aspecto externo, no se trata de adoptar posturas o imitar modelos ni de repetir movimientos, sino de hacer conscientes gestos y reacciones aprendidas para abandonar imposturas; desarmar los andamios que hemos ido construyendo en torno al cuerpo e improvisar formas nuevas, vinculadas con el sentir presente. 

En cada clase hay una tarea que, si bien alberga un principio rector (biomecánico y/o fisiológico), desencadena una exploración muy personal, que se orienta en ese sentido, y para la cual cada quien encuentra su propia disponibilidad. Nadie puede decir cómo debe ser o sentirse.

Atendiendo a este proceso individual interno, cada paso conlleva, además, a un descubrimiento sobre el modo en que solemos funcionar. Así, el Yoga se establece como un método de autoconocimiento e integración de todos los aspectos del Ser. 

Los tres pilares fundamentales de la práctica

·         Conciencia corporal

Hay una correlación directa entre la experiencia, las emociones y el tono muscular: sacamos el pecho de alegría o lo hundimos de tristeza, temblamos de miedo o nos tensamos de ira...

Cuando la mente está intranquila, generalmente imprime un tono inapropiado y, si las tensiones se mantienen constantes en el tiempo, impulsan una cadena de eventos fisiológicos, que reducen la resistencia general del organismo, sus mecanismos de defensa, y la eficiencia de su funcionamiento.

En la práctica no estamos trabajando el cuerpo o la mente, sino, nuestro "organismo", nuestra estructura compleja y, a través de prestarle atención, buscamos desarrollar una “conciencia refinada”, una comprensión más profunda de nosotros mismos, de manera íntegra.


·         Respiración funcional

La respiración constituye un puente entre el cuerpo físico interno y el externo, puesto que expresa el estado de nuestra mente y el de nuestras emociones. Así, nuestro patrón respiratorio difiere si estamos asustados, deteniéndose; si estamos tristes, volviéndose más lento; si estamos coléricos, agitándose...

Esta conexión es la clave de la práctica de regulación respiratoria o pranayama como preparación para la meditación: aquietando la respiración es posible aquietar la mente.

Durante la práctica no sólo intentamos sincronizar el movimiento con la respiración para gestionar la energía, sino que la respiración se vuelva cada vez más honda y completa, desbloqueando su inhibición por tensiones musculares. La liberación de estas tensiones amplía la experiencia a toda la gama de emociones y abre la puerta a una vivencia más plena de la personalidad.


·         Atención plena

“El Yoga es el aquietamiento de la mente” (YSP, I 2), pero no se trata de controlar o prohibir los pensamientos, sino de habilitar la posibilidad de encontrarse con la verdadera necesidad de descansar.

A su vez, el descanso requiere no solo soltar el esfuerzo, relajarse, sino permitir un verdadero cambio de condición para llegar a regenerarse.

La calma es un estado en el que simplemente estamos ahí para nosotros, sintiendo y acogiendo, con humildad y respeto, lo que llega momento a momento; honrando nuestra naturaleza sagrada con la atención interna. De esta manera, podemos cultivar una relación más compasiva con nosotros y con los demás.